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Bendita seas mujer...

 

Me invitaste a tu departamento
cuando estaba entusiasmado por conquistarte.
Allí fui presa fácil de tus abrazos
...y de tus besos.

Me parecía que aún no era tiempo
y me sentía culpable,
aún así no pude resistirme
y me dejé llevar hasta tu dormitorio.

Mientras me quitabas la ropa
y te quitabas la tuya,
nos arrojamos sobre la cama
y no fue sencillo pasar por esa prueba
de nuestro primer contacto.

Me gustó tu decisión,
te abriste a mí como nunca nadie antes,
y esto me hizo sentir importante
y me llenó de satisfacción.

Recuerdo que me retiré con vergüenza
con la idea de no haber sido
lo suficientemente apasionado,
pero me conformé pensando
que suelen ocurrir estas cosas
cuando se encuentran en juego
importantes compromisos personales.

Más adelante todo cambió y
pude besarte y amarte con la dignidad
que mejor pude hacer brotar de mi ser
y que presentía te hacía feliz.

Gracias por aquel día de coraje
que tal vez no hubiera surgido tan fácil en mí.
Gracias por haberte atrevido
pues de otra forma no hubiera podido amarte tanto.

Bendita seas mujer...
que conoces claramente lo que se debe hacer,
cuando la situación no lleva a otra cosa
que inducir a lo que uno desea pero le cuesta.

Ahora todo es un recuerdo
por momentos hermoso y por instantes amargo.
Vuelve hoy en forma placentera esa preciosa vivencia
de aquel día en que encendimos un hermoso fuego.


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Por Jorge Horacio Richino en Buenos Aires a los 14 días del mes de abril de 2007 (Derechos reservados) 11:54 hs.
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